The Godfather: como redescubrí la perfección

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            Pasaron un par de semanas desde que terminé la novela de Mario Puzo y sigo sin poder dejar de mirarla. Mirarla, solo mirarla. Hojearla de vez en cuando o detenerme en los detalles de la tapa, únicamente porque sí. Lo que están a punto de leer está lejos de ser una reseña sobre un libro. Al menos no una buena, con todas las de la ley. Perdón, pero no pude hacerlo así (si, traté, pero no hubo caso). En su lugar, pienso darle forma a esto describiendo mi experiencia al leer esta obra de arte. Ya habrá tiempo más adelante para reseñas más objetivas, ahora pienso darme un gustito, me lo gané (?).

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            Principalmente, mi amor por El Padrino comenzó con la película de 1972 de Francis Ford Coppola y su segunda parte de 1974 del mismo director. No sé bien cómo explicar mis sensaciones la primera vez que vi la película: supongo que es lo que sentimos cuando nos encontramos con algo que estimula todas nuestras emociones, lo que pasa cuando algo adentro nuestro reconoce algo lo bastante próximo a nuestros propios estándares de “belleza” como para maravillarnos.

            No me volvió a pasar –hasta hoy- eso con otra película. No es que no haya estado cerca, pero nunca de esa manera, nunca con el mismo sabor. Empezando por la estética de la película, la forma en que emplea la música, los planos en cada escena, los diálogos, la trama. Todo. Desde Bonasera dando inicio con su “I believe in America… (Yo creo en América…)”, Don Vito Corleone imponiendo su presencia desde el primer minuto; hasta la completa transformación de Michael, ese hijo reacio a involucrarse en el oscuro negocio familiar, como el nuevo Don; pasando por las sub tramas y situaciones que sacaban a la luz todo el ingenio y poder de los Corleone.

            Respeto, honor, códigos, familia, negocios, son los pilares más fuertes que encontré cada vez que veía la película, cada vez que me fascinaba más. Los mismos pilares que, entendí, debían sustentar la obra de Puzo. La cuestión está en que un libro tiene la bendición de no contar con límite de tiempo como el cine. Poder adentrarme hasta en el más mínimo detalle que da forma a la historia fue una experiencia que finalmente logró superar a lo que me ocurrió cuando vi por primera vez la versión cinematográfica.

            A diferencia de la película, la obra de Puzo comienza con tres historias separadas: la de Amerigo Bonasera, Johnny Fontane y el panadero Nazorine. Las tres aparentemente inconexas, cada uno con sus propios problemas, abandonados y aparentemente sin esperanzas, pero todos convergen en la solución: Don Corleone, El Padrino. Por favor, de solo leer el remate de cada historia con esas cuatro palabras me hacía sonreír de la emoción.

            A partir de ahí lo que sigue es una conjunción de estética y elegancia tanto narrativa como de desarrollo y comportamiento de los personajes. No sigue un solo eje argumental, sino que pasea por varios arcos, desarrolla varios temas, de tal forma a que nos metamos en la vida de cada uno de ellos; en la historia que se nos está contando, como si fuéramos parte, como si estuviéramos ahí. Dicha línea narrativa va de atrás hacia delante, comenzando con Don Corleone como protagonista principal, rodeado de su familia. Recorre la vida de sus hijos, navega por el pasado del Don antes de volver al presente de la historia y, en el medio, se toma un tiempo para desplazarse por los conflictos de los personajes secundarios. Todo con absoluta coherencia, con precisión, sin el más mínimo desorden.

            ¿Por qué la historia una historia sobre la mafia puede resultar tan atrapante y referencial? Al menos para este servidor por la base que sustenta la vida de todos sus personajes y de la mafia misma a lo largo de la historia: los códigos. Los códigos no se rompen. Y estos hombres, que son mafiosos y criminales, tienen una línea de códigos y valores que los “civiles” no siempre tenemos presentes. La lealtad y el respeto no se negocian.

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            Y para personificar dichos pilares de valores y códigos existe Don Vito Corleone. La imagen del padre y líder de una familia que él mismo construyó de la nada, alguien que se forjó una figura de respeto y un valor como persona, frente a quiénes lo rodean, dignos de admirar, independientemente de lo turbio de sus actividades. La reunión para restaurar la paz con Las Cinco Familias es un ejemplo ideal de negociación y manejo de poder, una clase magistral. Pero para clases sublimes, están las charlas que tenía con Michael, cuando esté decidió tomar el relevo en el negocio familiar. Meterse en la cabeza del Don, entender su completo análisis de la situación y como leía a los demás, es uno de los mejores logros de Puzo en el libro.

            Todo eso que constituiría el renacimiento de Mike. De ese hijo que primero había elegido no formar parte del negocio familiar y servir en el ejército, para después descubrir dónde estaba verdaderamente su destino. La transición de Vito a Michael como cabeza del negocio, como Don, como Padrino, a la par con el contraste entre la vida y desarrollo de ambos es sencillamente perfecta. Con ese cierre de Kay, la esposa de Mike, manteniendo los hábitos de Mamá Corleone y con el punto máximo en el discurso que Mike le da a su mujer, resumido en que lo primero para un hombre debe ser el mismo y su familia, su entorno, lo de afuera no es relevante en comparación con esto. Palabras propias de un Don.

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            Ya que el contraste sirve más que nada para marcar diferencias, en la recta final se ve que Michael no es Vito. Que puede parecerse y aprender, pero ya nada es lo mismo. Ambos se sentían atados a su destino y no pudieron evitarlo. Querían otra vida para sus hijos, otro futuro. La gran diferencia radica en que Vito construyó todo pensando siempre en su familia, en incluirla; Mike los excluyó, los alejó. Su sacrificio por la familia fue apartar a la familia. Ahí las cortinas empiezan a caer.

            Puedo estar así mucho más. No me alcanzaría esta entrada. Porque ya al ver las películas siempre me pareció que había mucho para entresacar y desmenuzar (y nunca lo había hecho), pero leer el libro me dio otro panorama. Mucho mejor, mucho más completo. Como dije, me estaba cumpliendo un capricho. A lo mejor me desordené y me dejé llevar por emociones en algún punto (?), pero me parece que eso resulta más auténtico para narrar esto que para mí fue un viaje, no para descubrir algo, porque ya lo conocía, pero si para redefinir todo lo que ya pensaba y sentía por esta obra. Y plasmarlo (o al menos tratar) en palabras de alguna u otra forma. Después de todo, no sé cuándo vuelva a experimentar algo así.

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