Las Herederas: una oda a la libertad.

Un comentario

Podía haberle llamado también “la importancia de leer entre líneas”, pero era mucho menos atractivo y romántico, y definitivamente menos trascedente como tema principal que algo tan básico y esencial conceptualmente como lo es la libertad. Libertad, esa que todos nos merecemos como individuos y que buscamos (o deberíamos, porque tenemos el derecho) indefectiblemente en todas las áreas de nuestra vida.

Me puse filosófico de entrada cuando de lo que quiero hablarles es de Las Herederas, la más reciente producción nacional, dirigida por Marcelo Martinessi, protagonizada por Ana Brun (Chela) y Margarita Irún (Chiquita) y ganadora de dos premios Oso de Plata en el Festival Internacional de Cine de Berlín. La misma, estrenó hace una semana y, a mí parecer, mereció mucho más arrastre del que tuvo en su primera semana. En lo personal, me gustó mucho y superó ampliamente mis expectativas por los descubrimientos que pude hacer y que deseo y espero que todos puedan hacer. Y es por ese deseo,  que esta entrada estará libre de spoilers.

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Decía que me hubiese parecido correcto titular a esta reseña como “la importancia de leer entre líneas” por lo poco que dicen sus personajes. Y ojo, que esto no quiere decir que hablen poco, pero la mayoría de las cosas relevantes que dicen, son realmente con sus gestos, con sus reacciones y hasta con sus silencios. Chela y Chiquita, que son una pareja homosexual entrada en años, se están comunicando más (y comunicándonos más) desde el lenguaje no verbal que desde el verbal propiamente dicho. Y su mensaje no podría ser más enriquecedor.

El que crea que la historia gira entorno a la relación sentimental que mantienen ambas señoras, se equivoca. Y es que, lastimosamente, en la sociedad en que vivimos, muchos preferirán ese detalle. Que no es otra cosa que eso, un detalle. La película trata sobre la libertad. Sobre la búsqueda de realización personal que deriva en esa libertad. Así de amplio y abstracto como suena.

La relación de ambas, por tanto, queda relegada a un segundo plano. Aunque no deja de ser un elemento muy bien utilizado dentro de la película para esto de “decir sin palabras”. Ya que ambas nunca se declaran abiertamente en una relación, ni siquiera con sus amigas, ni siquiera entre ellas el trato pareciera, por momentos, propio de una pareja de enamoradas.

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El conflicto surge con un tema que se nos presenta al comienzo de la película: Chiquita, quién es la que lleva los hilos de la relación, irá a la cárcel y Chela, quedará a cuidado de una empleada doméstica, pero teniendo que manejarse sin su pareja. Coincidentemente, será por manejar que terminará involuntariamente “trabajando” como chofer (o choferesa, como prefieran) luego de ayudar a una vecina, quién resulta ser muy aprovechadora. Y esto le hará empezar a saborear esa libertad e independencia que implica dirigir los hilos de su propia vida.

Al entrar en este acostumbramiento de conducir para su vecina, Chela conocerá a Angy, una joven relajada y divertida, que disfruta de la buena vida y por la que sentirá una atracción. Será un redescubrimiento para Chela, un resurgir, un deseo de algo más, ya que la relación con Chiquita llegó a un plano más de “necesidad” que de “sentimientos”.

Todos estos procesos de cambios, de interés y atracción, están presentes en la conducta y desarrollo de los actores y no tanto, insisto, en sus diálogos, por eso es clave el desenvolvimiento de los mismos para sus personajes. Acá es dónde me detengo para mencionar que el trabajo de Ana Bruno es sublime, para aplaudir de pie.

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Otra cosa para destacar (sí, yo también quiero ir redondeando, pero hay mucho para destacar. Perdón) es el elegante manejo de cámara por parte del director: planos casi siempre cerrados, subjetivos, suaves y sin cortes bruscos, te permiten sentir realmente de cerca al personaje e interiorizarte en su conflicto.

Finalmente, el problema no era que las protagonistas eran homosexuales, ni que tenían problemas de pareja, ni económicos, ni vergüenza para abrirse con sus amigas. Era todo eso, todo junto. Era esa carencia absoluta que tenía Chela por poder aceptarse y mostrarse tal cuál es, lo cual no resulta fácil en esta sociedad en que vivimos. Por eso es tan importante la exaltación a la libertad que hace la cinta. El imperativo categórico de emprender esa búsqueda por la libertad. Búsqueda que puede comenzar por algo tan sencillo como agarrar el auto e irse.

 

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