La Casa de las Flores y el “qué dirán”

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Algo muy raro me tenía que estar pasando para sentarme a ver una telenovela mexicana en Netflix, pero prefiero dejarlo como una de esas cosas que no pensé que iba a hacer y terminé haciendo. Para bien. Si, para bien, porque La Casa de las Flores es una más que disfrutable producción de Netflix a cargo de Manolo Caro y protagonizada, entre otros, por Verónica Castro. Empezó a ganar mi simpatía por su facilidad para ir directo al grano, el rápido y conciso desarrollo de sus episodios (media hora aproximadamente cada uno) y su gran empleo del humor negro como recurso.

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No me había acomodado todavía para empezar con el primer episodio, recién estaba cerrando alguna red social donde perdía el tiempo (?) y en la serie ya había una muerte, dos relaciones “prohibidas” y demasiados secretos por revelar. Así que íbamos por buen camino, por decirlo de alguna manera.

La trama se centra en torno a la familia de la Moral cuya matriarca, Virginia (Verónica Castro) es propietaria de una florería que da nombre a la serie. Nada más al comenzar, nos enteramos que su marido, Ernesto, llevaba una vida paralela con su amante Roberta, siendo dueños de un cabaret que lleva por nombre…La Casa de las Flores (si si, como la florería). A su vez los tres hijos Virginia y Ernesto llevan vidas bastantes conflictivas y disfuncionales: Paulina cría sola a su hijo luego de separarse de su marido porque este es transexual, Elena viene de EE. UU con un novio americano y el miedo de presentarlo a la familia, y Julián lucha por salir del clóset y revelar su homosexualidad. Bueno, bi sexualidad. El sueño americano hecho familia.

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Con una realidad como la que vivimos en pleno siglo XXI uno creería que estos temas están dejando un tanto de ser polémicos para ser una realidad que no debería sorprendernos, pero, a decir verdad, hay una brecha todavía importante para que esto pase. Sobre todo, por los límites que muchas veces nos imponemos nosotros mismos al dar más importancia a la aceptación y validación de los demás antes que a la nuestra propia. Este es un conflicto principal que la serie logra llevar (y muy bien) hasta el extremo enfermizo que puede llegar a tener en la vida de cualquiera.

Más allá de este conflicto tan aplicable en forma de crítica a nuestra sociedad (o al menos mi interpretación hecha de ese modo), la serie no deja pasar oportunidad para reírse de cualquier situación, entre más surrealista, mejor; así como de utilizar el humor negro como arma principal para hacerla mucho más llevadera, disfrutable y desproveerla de ese toque más dramático, del que claramente se quiere apartar. Otro elemento importante en este sentido es su gran uso de la fotografía, con colores vivos y alegres en todo momento, incluso en esos pasajes más “oscuros” de la historia.

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El desarrollo del arco argumental bajo varios ejes la hace más dinámica, y el que todos estos se entrelacen entre sí dando forma a la historia general consigue que la serie sea muy fácil de entender en todo momento. Sus personajes se evolucionan e involucionan constantemente a lo largo de los trece episodios, pero su desarrollo completo resulta evidente al final de la temporada.

En definitiva, es una producción muy disfrutable que, a diferencia de sus protagonistas, se preocupa poco por el que dirán y propone una sátira de todo y de todos. Riéndose de cualquier conflicto posible que pueda afectarle a uno solamente por no encajar con la mirada de los demás.

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