Los Soprano: cuando las series cambiaron para siempre

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La mejor serie de la historia. Así voy a empezar esta entrada. Los Soprano es la mejor serie de toda la historia y lo es porque consiguió cambiar -para siempre- la forma en que se realizan, consumen y analizan producciones para televisión. No estoy exagerando, Los Soprano cambió el camino de las series para siempre. Y hoy cumple 20 años.

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Creada por David Chase, esta producción de HBO, nos relata la vida de Tony Soprano, un capo mafioso de Nueva Jersey, junto con la de su familia, amigos y entorno; además de todos los vaivenes que esta vida que Tony y quiénes lo rodean llevan. Inmediatamente nos pinta el panorama de un jefe de familia y organización criminal con demasiados conflictos internos. Incluso más que los externos. Razón por la cuál empezará a ir a terapia con una profesional y (sobra decir que habrán spoilers, ¿verdad? Ya pasaron 20 años, por Dios) será este su camino hasta el final de la serie: no, no hay redención para el protagonista, no hay reestructuración de quién es como persona, no hay camino del héroe porque no es ningún héroe.
Comenzar con esta encrucijada para el protagonista es solo una pequeña muestra de como la serie consigue interpelar al espectador, de cara a los conflictos psicológicos y personales que se presentan, invitándolo a un análisis sumamente complejo. Más aún si tomamos en cuenta la época en la que fue desarrollada.
El nihilismo que rodea a cada uno de sus protagonistas, comenzando con el principal, seguido de la complejidad de sus personajes, de sus desarrollos y desenlaces, plantearon una nueva forma de presentar historias para televisión. Además de esto, instaló una profunda retrospectiva sobre el género que aborda. Lejos de la glorificación de la mafia y de las organizaciones criminales, ilustra a sus personajes como tipos encerrados en un esquema de negocios turbios e ilegales. Nada caballeresco, ni elegante o clamoroso.

uno-de-los-nuestrosHasta roza la nostalgia por referencias mucho más admirables desde su estética y realidad como La Cosa Nostra y El Padrino. ¿Por qué? Porque en esas historias se aprecian códigos, sistemas y status con los que los protagonistas de Los Soprano sueñan. Y nunca pueden alcanzar.
Si bien los valores éticos son relativos y desplazados a planos sin ninguna importancia (cosa, digamos, requerida dentro de la vida mafiosa), esto se da en un marco más bien desesperanza y frustración por parte de sus protagonistas, quiénes ejemplifican y encarnan la realidad de la que son parte dentro de esta historia. La ambigüedad y los conflictos internos e interpersonales no escapan a esta norma. Es más, es cuando estos factores aparecen que se producen los mejores quiebres dentro de la serie. De esos que te dejan analizando y estudiando sus implicancias. Todavía más que antes. Y así es como fue cambiando nuestra forma de consumir esta clase de productos.

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Es en este contexto que llega, yo creo, el punto más fuerte de toda la serie. Lo que consigue mantenerla siempre arriba durante 10 temporada y más de 80 episodios: su guión. El guión de Los Soprano es sencillamente sublime. Un desarrollo de personajes que no es otra cosa que impecable. Presentando, desarrollando y elevando a cada uno a niveles realmente muy difíciles de alcanzar, si comparamos con otras series. Acá es importante hacer un apartado para mencionar al cast de la serie. Uno puede tener un buen cast, con un par de actores que se destaquen del resto. Pero con lo que Los Soprano cuenta es con un cast ideal, soñado, que desarrolla magníficamente cada uno de sus papeles y lo interpreta en la medida justa que la historia y la serie lo requieren. James Gandolfini, Eddie Falco, Michael Imperioli y tanto otros, dan justo en la tecla.
Volviendo al temita (?) del guión: los diálogos son espectaculares. Lejos de la elocuencia y finura presentada en las clásicas películas de gangsters vemos a personajes vulgares, soeces; pero sumamente inteligentes y precisos en sus apreciaciones. En los diálogos de Los Soprano, parece escaparemos muchas veces que nos están hablando de la vida misma. Y dentro de estas apreciaciones, reflexiones, conclusiones y actuar de sus protagonistas, el arco argumental de la serie es sumamente prolijo. Desarrolla todos los temas que presenta, su problemática tan existencialista como real, no tiene cabo sueltos. No, no los tiene.

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Hago un punto y aparte porque el final de esta serie, muy discutido y puesto en duda muchas veces, en realidad no podía estar más a la altura. Así es, a mí parecer, la mejor serie de la historia tuvo el mejor final de la historia. Si llegaron hasta acá, en serio no creo que esperarán otra opinión de mi parte. La serie juega, a lo largo de todo su desarrollo narrativo, mucho con la música (también nos regala un gran banda sonora, por cierto). Y en el final, en ese episodio final particularmente, lo hace con mayor énfasis. Con un manejo de los tiempos, la tensión y, por supuesto, la música obsesivo y perfecto. No hay redención para Tony Soprano. Suena Don’t Stop Believin mientras espera a su hija, junto con el resto de su familia. No sabemos que va a pasar pero sentimos que podemos adivinarlo. No hay días mejores mientras se viva mirando hacía atrás. Lo sabemos, Tony lo siente, el entorno parece gritarlo. El tema de Journey llega al coro. Fundido en negro. No pueden pedir nada más perfecto que eso. Los Soprano había cambiado a las series para siempre.

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