Mindhunter segunda temporada: fascinante arrogancia

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Ya mientras esperábamos el lanzamiento de esta segunda temporada por parte de Netflix, en las distintas redes sociales remarcaba que esta serie fue una de las primeras de las que hablamos en el blog. Ese retrato atrapante, minucioso y obsesivo de asesinos tan célebres como cuestionables no pudo pasar desapercibido. Así que, como era obvio, la segunda temporada no podía quedar exenta de un nuevo comentario por acá. La fascinación que despierta esta serie sigue ahí, intacta.

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Esta serie creación de David Fincher, quien en esta temporada dirige solo dos episodios y los restantes siete se los reparten Andrew Dominic y Carl Franklin, está protagonizada –nuevamente- por Jonathan Groff como el agente Holden Ford, Holt McCallany como el agente Bill Tench y Ana Torv como la psicóloga Wendy Carr. Y en esta temporada, ya con la Unidad de Ciencia del Comportamiento del FBI más consolidada, aparecen más casos y asesinos sumamente sonados de los ’70 en EE.UU. Como el caso de los varios asesinatos a niños afroamericanos en Georgia (una de las tramas principales de la temporada); el “Hijo de Sam”, aquel asesino obligado según él a matar por lo demonios; el asesino BTK, cuya trama en la serie continúa abierta y muchos otros más.

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El ritmo pausado y, por varios pasajes, sin cambio de ritmo con el que la serie va entrelazando sus historias no perjudica para nada la dinámica de la misma. Es más, la dota de ese dramatismo y tensión tan necesarios para ir desarrollando historias complejas pero reales como las de los asesinos a quiénes estudian e investigan los protagonistas. Fue este el punto fuerte de la primera temporada y es este el punto explotado (con justa razón) en la segunda: menos espacio para ponernos en contexto de los protagonistas y más espacio para referencias de la época como Ted Bundy o Charles Manson, además de respaldar con un excelente sountrack setentoso de fondo. Y, dentro de esta perspectiva, el tiempo y momento justos para dejarnos empatizar más con la vida y los problemas de Tench y Carr a lo largo de los episodios.

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Acá es donde quiero hacer un apartado para hablar de ese personaje que se venía anticipando en la primera temporada y que cumplió sobradamente con su aparición en esta segunda temporada. Charles Manson tiene su propio momento, donde se roba absolutamente todo el episodio, en su entrevista con Ford y Tench. Parece delirante, parece frenético, parece malvado y, dentro de características tan atroces como lo son estas, parece tan coherente y necesario para una sociedad que avanza ciegamente en una sola dirección.
En el Batman de Nolan se nos presenta a uno de los villanos más icónicos de la historia del cine como el Joker de Heath Ledger. Ese Joker tan amoral y filosófico que pone en apuros a Batman más por una cuestión de principios que por algún objetivo villanesco (?). La paradoja del objeto inamovible es una de la que había hablado hace mucho tiempo (en otro sitio) y me alegra mucho poder hacerlo en este: ¿qué pasaría si una fuerza imparable chocara contra un objeto inamovible? La física, como tal, nos dice que, si existiera tal cosa como una fuerza imparable en el universo, no podría existir una inamovible y viceversa. Filosóficamente, esta paradoja nos interpela en situaciones donde aparece una figura como la del Joker de Nolan o el Manson de Mindhunter. No son justificables las acciones de un criminal, pero, cuando escuchamos posturas tan coherentes y honestas con la realidad, es imposible no replantearnos básicamente todo.

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Esa fascinación que despierta el conocer más sobre unos pensamientos al aceptarlos desde la mirada de la ficción, como lo es una serie, y no desecharlos solo porque vienen de quienes vienen nos pone de cara con el otro gran factor de esta temporada: la arrogancia. Es fascinación y arrogancia que parecían tener los victimarios para volver a lugar de los hechos a regodearse con lo que hicieron. Esa misma arrogancia que los llevaba a construir sus propias historias e identidad ante la prensa y el público, o a justificar sus acciones detrás de los impulsos que los obligaron a las mismas. Esa misma arrogancia que llevó a Manson a firmar el libro de Holden, con la frase “mientras duermes, yo estoy destruyendo al mundo”, quizás con algo mucho más poderoso, como lo son un mensaje y una idea.

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