Mad Men: la búsqueda de la felicidad

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          Un 19 de julio, pero hace 13 años, estrenaba Mad Men, esta serie de AMC creada por Matthew Weiner y protagonizada por John Hamm, Elizabeth Moss, January Jones, John Slattery, Christina Hendricks y una larga lista de etcéteras; ambientada en los Estados Unidos de los ’60 que sigue el transcurso de la vida en una agencia de publicidad, centrándose en el protagonista, Don Draper (Hamm), sin descuidar el transcurrir del resto del elenco. Esa es la versión corta y resumida (?) que desde acá será continuada con SPOILERS (a estas alturas, si no la vieron, se están perdiendo un pedazo de obra de arte). Como claramente no queremos llover sobre mojado, hay que centrarnos en la idea central de la serie: la búsqueda de la felicidad.

            El propio Don, con su talento inimitable con las palabras, la define así dentro del mundo de la Publicidad:

La escena que define prácticamente a Don en toda la serie. Y mi definición favorita de “Felicidad”.

           Un poco más eufórico, la entendía también como un estado, muy breve, que precedía a la búsqueda de, bueno, más felicidad:

            Con estas bases sentadas no resuelve ni por asomo la problemática de la serie ni dota de un sentido único a sus múltiples y muy complejos personajes. Porque una gran virtud de esta producción de Weiner es el excelente desarrollo de un gran elenco de personajes, que se desenvuelven en una sociedad estadounidense que por aquél entonces atravesaría por momentos históricos cruciales, los protagonistas representan además los choques generacionales existentes en una cultura que se estaba reinventando. Los mismos lidian además con esa famosa “presión social” que constituye el tener que cumplir con ciertos estándares establecidos implícitamente por la sociedad (casarse, tener hijos, triunfar laboralmente, separar los roles de género, etc.).

            Algunos de los personajes que encuentro más atractivos dentro de esta coyuntura está por ejemplo Roger Sterling (John Slattery); uno de los fundadores de la primera agencia y quién contrata a Don. Representa a la vieja escuela. Es uno de los pocos protagonistas que no está en búsqueda de éxito porque aparenta tenerlo todo: éxito, dinero, familia, personalidad, más dinero (?). Roger busca respuestas para justificar su constante coqueteo con el nihilismo y hedonismo, con su incapacidad de “sentir” propiamente dicho. Si bien tiene las respuestas más hilarantes y divertidas de toda la serie, es un personaje sumamente oscuro, cuyos conflictos parecen tenerlo siempre al borde de lo peor. Aunque, sobre el final de la serie pareciera encontrar mayor estabilidad que el propio Don, al aceptar sus condiciones.

            También encontramos a Betty Draper (January Jones), la primera esposa de Don con quién tienen dos hijos, cuya historia nos dibuja a una mujer joven y hermosa, a la que únicamente prepararon para ser eso: una mujer hermosa, cuya finalidad era encontrar un hombre para casarse, formar familia y dedicarse al hogar. A lo largo de toda la serie la vemos sufrir por no ser capaz de encontrarle un propósito mayor a su vida, por las infidelidades de Don y por no poder transmitir a su hija lo mismo que le inculcaron a ella. Es Betty quién representa el prototipo de mujer que desconoce su potencia para rebelarse contra lo establecido y dictar las normas de su propia vida. Al final, demuestra mucha más madurez cuando le diagnostican poco tiempo de vida, prácticamente definiendo –a través de su propia muerte- cómo será su vida hasta ese momento, sin dejar que interfiera la opinión de los demás.

            Joan Holloway (Christina Hendricks) comienza la serie como la Jefa de Secretarias en la primera agencia y amante de Roger, parece seguir un camino similar al de Betty: prácticamente siendo definida siempre por su imponente belleza, Joan es consciente de su sex appeal y, siempre en los comienzos de la serie, busca usarlo a su favor y alienta a otras a hacer lo mismo. Quizás creyendo que su condición de mujer no le permite nada más. Conforme avanza la historia, va asumiendo mayo preponderancia y, por medios propios, va rebelándose contra el mundo que le quiere imponer a mujeres como ella y Betty que son simples figuras decorativas. Poco a poco va ascendiendo hasta convertirse en parte crucial de la agencia, siendo el conflicto moral que sufre al tener que acostarse con un cliente para tomar parte como accionista uno de los más crudos de su personaje. El propio Don le confesó que nunca se le insinuó porque ella “lo aterraba”, capaz siendo incapaz de reconocer que Joan es una especia de Don en versión femenina. Acaba la serie con un hijo producto de su relación con Roger, pero sin tener nada con este más que amistad y cariño, además de su propio emprendimiento.

            Peggy Olson (Elizabeth Moss) es, para este servidor, el segundo personaje más atrapante de la serie, casi empatada con Don. Y es que “la chica nueva” que empezó como su secretaria y pasó rápidamente a ser su protegida, para convertirse en una de las mujeres redactoras más importantes, es una versión mejorada del propio Draper. Tiene un comienzo inocente, pero poco a poco construye un camino en el que –desde una perspectiva opuesta a la de Joan– se rebela contra las normas que la sociedad quiere imponerle solo por ser mujer, Peggy separa su identificación de su género y la construye a partir de su capacidad y talento en su trabajo. Atraviesa por una situación sumamente fuerte cuando tiene un hijo no deseado producto de un amorío con Pete Campbell y es ahí donde Don pasa a darle el mantra que rige su propia vida: “mira para adelante, esto nunca sucedió”. Peggy nunca sabría más sobre ese hijo.

Don le traslada a Peggy la misma filosofía alrededor de la cual él fue capaz de inventarse. Así como él ignoró su pasado, ella ignoraría esta parte del suyo.

            Así mismo la relación de Peggy y Don es la de alumna y maestro, pero no está libre de roces y conflictos. A lo mejor porque Don entiende que es ella quien le debe todo a él, subestimándola así muchas veces. Peggy llegaría a ser su supervisora en un momento, muy a pesar de Don, y sobre el final de la serie se nos daría a entender que ella es una de las tres mujeres más importantes en la vida de Draper. Igualmente, lo mejor entre ambos se puede ver en The Suitcase (que es probablemente el mejor episodio de toda la serie).

– ¡Es tu trabajo! Te doy dinero, me das ideas.
– ¡Y nunca dices “gracias”!
– ¡Para eso es el dinero!

            Dentro de la historia de las series, hay dos personajes cuya construcción me resulta fascinante: Tony Soprano y Walter White. El primero, protagonista de Los Soprano, transita todo su conflicto personal sin ser capaz de sobreponerse a su cargo de conciencia, ataques de pánico y ansiedad. Su desarrollo es lineal, no va evolucionando, parece dirigirse en línea recta hacia el final. White transita hasta convertirse en Heisenberg, supera sus complejos y evoluciona (o involuciona, en su caso) en su personaje brillante, pero perverso y carente de escrúpulos. También encuentra su final, pero habiendo pasado por un notorio ascenso, distinto a una línea recta, y habiendo encontrado conclusión en su arco argumental. Para esta historia, Don es más como Tony Soprano y Peggy como Heisenberg. Con la excepción de sus respectivos finales.

            Llegamos así hasta el personaje principal, que es Don, esa representación del modelo de hombre americano: varonil, fuerte, exitoso, deseado por las mujeres y respetado por los hombres, que conforme avanza la historia se nos muestra que es la personificación del Síndrome del Impostor. Al haber tomado el lugar de su superior en la Guerra de Corea, Dick Withman (su verdadero nombre) siente en todo momento de su vida que es un fraude. No es capaz de encontrar felicidad ni satisfacción en nada. Mientras todos quieren (queremos) ser como Don, el propio Don quisiera lo mismo, quisiera parecerse al Don original. Su búsqueda constante por amor, ese mismo del que careció en su infancia, le hace tener múltiples amantes que representan las necesidades que Don busca tapar con su presencia. Sus esposas, Betty primero y Megan después, representan la imagen ideal que el busca proyectar: más jóvenes que él, hermosas y atractivas, son casi el complemento perfecto para el hombre perfecto. Pero siempre acaba engañándolas porque su relación con ambas es un engaño hacía él mismo. Pudo ser la Dra. Faye su relación más “madura” pero, en uno de esos giros autodestructivos, la dejó por Megan. Quizás es Rachel, su cliente en las primeras temporadas, la mujer por la que sintió algo realmente verdadero y una de las pocas a quién realmente se abrió.

            Como vimos, Don mismo afirma que de una u otra forma la publicidad se trata sobre vender felicidad. Trabaja sobre eso. Quiere vender felicidad porque anhela encontrarla en algún lado. Tanto como anhela encontrar el amor. El mismo amor que asegura fue creado para vender nylons.

            Don, al igual que Roger, lleva una vida gobernada por el nihilismo. Convencido de que el único camino es mirar hacia delante, está seguro de que no hay nada esperándole en ninguna parte y eso a nadie le importa

            Sin embargo, es consciente de que necesita algo más. Lo busca casi desesperadamente sin darse cuenta. Repasa en los pasillos de su pasado, intentando no repetir errores, pero no dándose cuenta de que recién haciendo las paces con su propia historia puede estar en paz consigo mismo. Don termina en caída libre, como en la intro de cada episodio, en un retiro espiritual del que literalmente no puede salir, representando el conflicto por el cuál deambuló durante 8 temporadas. Casi como despedida, sobre el final, habla con Betty, Peggy y su hija Sally. Las tres mujeres más importantes de su vida. Reconociendo el valor que cada una tuvo con él. Como nos enseñó Bojack Horseman: “todo lo que tenemos en este terrible mundo, son las conexiones que creamos”.

            Podríamos decir que la felicidad es eso: aprender de nuestro pasado, aceptarnos como somos, transitar el camino que más nos complace y valorar las conexiones que establecemos en el mismo. Como cada uno de los personajes que mencionamos arriba lo hizo a su manera. Como Don parece descubrirlo al final de Person to Person, el último capítulo. “Piensa en ello, luego olvídalo por completo. Y algo aparecerá” le había enseñado a Peggy, definiendo el famoso momento “a-ha”. Meditando en ese retiro parece entenderlo y, tal como explica en la presentación del Carrusel, luego se trata de colocar el producto. El resultado es un comercial pero el producto, que todos tanto deseamos y buscamos, se llama felicidad.

La nostalgia no es otra cosa que el anhelo de volver a ESE lugar y momento donde nos sentimos amados, felices, completos. La mejor escena de toda la serie.

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