Sons of Anarchy: de amor y destino

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            Hace ya un tiempo que le encontré lo divertido a revisar series “viejas” que marcaron un antes y después (como el caso más reciente de Mad Men y, antes de eso, Los Soprano). Desde el primer momento sabía que todo me iba a conducir, en algún momento, a esto. A este espiral de locura, violencia, sexo, descontrol y muerte shakesperiano que se llama Sons of Anarchy. Y me alegra mucho que así haya sido.

            La serie, de la cadena FX, estrenó justamente un 3 de septiembre, pero de 2008. Creada por Kut Sutter tuvo un vasto y genial cast entre los que destacan: Charlie Hunnam, Katey Sagal, Ron Perlman, Kim Coates, Theo Rossi, entre muchos otros. Se centra en la vida del protagonista Jackson “Jax” Teller (Hunnam) y su relación con el club de moteros Sons of Anarchy Motorcycle Club Redwood Original (SAMCRO), entre los que están el presidente Clay Morrow (Perlman), su padrastro y mejor amigo involucrado en la muerte del padre de Jax, John; miembros como Chibbs, Bobby, Juice, Happy y su mejor amigo, Opie; Gemma, su madre, quién se casó con Clay luego de verse involucrada también en la muerte de su esposo; y Tara (Maggie Siff), su pareja y madre de uno de sus dos hijos. Los SAMCRO se dedican al tráfico de armas dentro del pueblo de Charming y a mantener fuera de su territorio el negocio del tráfico de drogas. Esto hace que se relaciones (a veces bien, a veces mal) con otros grupos como los mexicanos Mayans, los afroamericanos One-Niners, la mafia chino-americana de San Francisco y hasta la mítica IRA en Irlanda.

            Todos esos ya son ingredientes más que suficientes para retratar una serie que desde un comienzo se destacó por su crudeza, sexismo y violencia explícita. Retratando las actividades de una organización que lograba mantenerse a flote con operaciones siempre al margen de la ley, además de llevar un estilo de vida sumamente cuestionable. Al mismo tiempo, hace foco en los conflictos que viven constantemente sus miembros a raíz de esto, principalmente Jax, quien durante buena parte de la serie se pasa cuestionando el legado de su padre, del club y del suyo propio como consecuencia de la vida que llevan. Y es justamente en esa complejidad de personajes, sobre todo en su protagonista, que radica el primer gran logro de la serie: que no es una oda a la violencia sino un cuestionamiento constante a pilares que rigen, no solo sus vidas, sino la de cualquiera de nosotros: lealtad, códigos, hermandad, lazos afectivos, de sangre y, como no, el amor.

            La complejidad propia de estos personajes, así como sus motivaciones, tan complejas como variables según el interés que los mueve o según como sean afectados sus afectos más cercanos, recae directamente –y de manera positiva- en la narrativa de la serie, que es sumamente compleja, atrapante y no se anda con vueltas. Desde un comienzo la dinámica es incesante y atrapante, sumamente ingeniosa por parte de los personajes para alcanzar determinadas resoluciones claves y también a nivel guion para entregarnos giros tan sorprendentes, como oscuros y dramáticos. En el caso puntual de Jax, por ejemplo, arranca la temporada 1 cuestionando la autoridad de Clay y el legado del club, para culminar la temporada 2 aceptando al club y desechando la visión de su padre, para pasar nuevamente a buscar la forma de salirse del club para dedicarse a Tara y su familia.

            Y es que en estos constantes giros hay una causa y solución indistinta para todos los problemas: el amor. Ese mismo amor que los miembros demuestran hacia el club como motor principal, hacia el amor a una pareja, como el amor familiar, que cruza transversalmente a todos los anteriores. Ese mismo amor que los hace (a todos) incapaces de experimentar otra cosa que no sea resentimiento y necesidad de venganza cuando es mínimamente atacado. Tal como la misma madre de Jax explicaba una vez: “su amor es muy fuerte, pero su odio también lo es”. Ese mismo amor que los hace participar de un espiral autodestructivo en el que parece que cada decisión correcta no cuenta y cada decisión mala no hace sino potenciar otro montón de decisiones malas. Ese mismo amor que no está puro sino contaminado y riega de tragedias a todos quiénes tienen contacto con él.

            Dentro de ese argumento shakesperiano de amor, violencia y muerte, parece haber un elemento del cual los protagonistas parecen no poder escapar: el destino. El destino que se selló para John cuando cuestionó el legado del club; mismo destino que marcó a Tara el camino de vuelta a Charming y a la vida de Jax, cuando ya los había dejado atrás muchos años atrás; igual destinó que el que sentenció a Opie (qué momento ese) quién se rehusó en todo momento a darle la espalda al club; y ese mismo destinó que conspiró hasta el final entre Gemma y Jax, madre e hijo, marcados por la violencia, por los secretos y por el amor del que hacíamos mención antes. Ese amor que se representa y contamina con sangre, con mentiras. Y con muerte. Porque el destinó de ambos los cierra Jax con la muerte, porque semejante vórtice de toxicidad solo puede culminar con la destrucción. Porque no solo no consiguen desprenderse de su destino, sino que terminan más atados que antes a él. Porque un amor así no puede conducir a otra cosa que a la tragedia. Como la cita de Shakespeare cierra este drama: “Duda que sean fuego las estrellas, duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo”.

           En esa escena final, con Jax cerrando todas las historias (a balazo limpio) por el bien del club luego de vengarse de su propia madre, con Come Join the Murder de The White Buffalo de fondo tenemos pie para un punto y aparte de esta serie: el soundtrack. Desde la intro, This life, la banda sonora parece retratar -bien a su manera- el contexto de cada historia, situación, escena y desenlace dentro de la serie. Sino la mejor, una de las mejores dentro de las series y la disfrutamos por acá.

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