Son pocas las películas que después de 20 años de su estreno pueden conservar esa sensación de haberse presentado por primera vez ayer, o de que podés revisitarla varias veces sin cansancio algunos. Prácticamente podemos decir que es un sitio reservado a aquellas con un sello de grandeza y una aceptación consensuada privilegiada. Podríamos citar varias de las mejores de la historia en este grupo, pero para el caso –y en homenaje a sus 20 años de estreno- vamos a hablar puntualmente de Shrek.

            Ted Elliot, Terry Rossio, Joe Stillman y Roger S. H. Schulman adaptaron este cuento infantil de William Steig, al que dieron vida en voces figuras como Mike Myers, Cameron Díaz y Eddie Murphy (en su segunda entrega la lista es todavía más larga e increíble), sobre un ogro con mal carácter, su amigo el burro que habla y la princesa encerrada en la torre más alta. Hasta ahí todo normal, pero ¿qué la hace tan espectacular?

            Ocurre que la película desde su esencia misma toma todos los elementos de los cuentos de hadas, fantasiosos, románticos y con finales felices para darle una mirada completamente diferente. En principio jocosa pero también bastante más reflexiva, y es en ese primer punto donde consigue captar tanto a niños como adultos. Se pasea entre todos los estereotipos y clichés de las historias de amor y similares, para cuestionarlos uno por uno, sin perder el sentido del humor ni caer en un rechazo general, sino simplemente dándole una mirada diferente a la que estamos acostumbrados.

            Parte de una de las figuras más antiguas del villano para tomar el núcleo de su esencia (malhumorado, desagradable, descuidado, solitario) y darle un giro de tuerca en su propuesta. Mostrando a alguien discriminado por la sociedad y automarginado por saber su condición de “diferente”. Presentando esta óptica y la búsqueda del personaje (una misión en apariencia “noble” pero que a él no le importaba en lo más mínimo), terminan convirtiéndolo en una suerte de antihéroe sumamente entrañable y querible.

            A la par de esto, cuenta con elementos de comedia sumamente divertidos y bien logrados, bastante frescos para su época, a tal punto que conservan esa sensación incluso revisándola 20 años después. Dentro de esta cuota de humor y diversión, Burro, el amigo que Shrek hace por el camino, es su gran representante: su mezcla de inocencia, ingenuidad y verborragia lo convierten en el alma de la película, así como en el auto de líneas y momentos icónicos dentro de la misma.

            Su gran logro es lograr esa dosis de comedia, entretenimiento y revelarse contra el típico espíritu idealista de los cuentos de hadas sin irse tampoco al otro extremo. Ya que da la vuelta el clásico “final feliz” pero consigue abordar a una idea central similar. Y es que el objetivo de Shrek nunca fue noble, iba a hacer lo que fuera para liberar su pantano y continuar marginado, pero en el camino encontró un amigo en Burro y una compañera en Fiona, la princesa a la que rescate de la torre más alta, pero quien siempre fue perfectamente capaz de valerse por sí misma y encerraba a su vez un secreto capaz de desmontar también la fantasía de la belleza “ideal”. Son todos estos elementos y esta rebeldía de Shrek contra la historias de hadas convencionales la que la hacen una película tan genial que merece ser recordada, incluso 20 años después.

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